viernes, 30 de noviembre de 2012

Piloto y chef: Curro Ortega “El Marabino”, hijo de Cuatricentenario y torero del Zulia




Desde la comodidad de su casa, en la segunda etapa del sector Cuatricentenario, el torero del Zulia Curro Ortega “El Marabino” atendió a Noticia al Día para hablar de astados, muletas, carteles, viajes, decepciones y placeres.

Johnny Zambrano es su nombre. Tiene 33 años, 15 de los cuales ha dedicado al mundo de las corridas de toros, algo con lo que soñó desde niño. Su nombre “taurino” proviene de un buen amigo (Francisco “Curro” Navarrete Ortega) y el gentilicio de la ciudad que lo vio nacer: “El Marabino”.




El personaje, matador, cocinero y piloto tiene mucho que contar.

Su padre fue el que le inculcó el amor por el arte de la lidia de toros.

“A mi papá, Críspulo Zambrano, toda la vida le gustaron los toros: su nombre taurino era ‘El Colonés’. En aquella época no había las oportunidades que para hoy se le presentan a una persona que quiere dedicarse a este mundo. Se casó con mi mamá, la señora Mery, pero él cuando podía, toreaba en plazas pequeñas, era un torero de pueblo”, expresó el matador.

“Desde pequeño nos llevó a las corridas de toros a mí y a mis dos hermanos, Javier y Joan. Nuestro ídolo era Tomás Campuzano”, recordó con una sonrisa en su rostro.

“Un día, en el Centro Portugal, había una feria, y me dice Joan: ‘Vamos a tirarnos de espontáneos’. La gente quedó asombrada con nuestra habilidad”, dijo Zambrano.

Las puertas se comenzaban a abrir.


“Poco después de nuestro ‘episodio espontáneo’ nos dice un amigo de mi papá, un traumatólogo de apellido Gudiño, para montar un cartel con los tres hermanos en una plaza portátil en los Puertos de Altagracia, con el nombre ‘Los Crispulinos’, con toros Cebú. Yo tendría unos 12 años para aquella época”, rememoró.


Luego llevaron la plaza hasta Cuatricentenario, recuerda. “Estaba a reventar de gente. El público me aclamaba, era impresionante”, expresó. “Pero allí me di un golpe fortísimo en la rodilla y quedé traumado por bastante tiempo”.
Cornadas, golpes y traumatismos. Todo es parte del largo trayecto hacia el estrellato.

Críspulo Zambrano (padre) y la señora Mery (madre) fueron clave en la formación de Johnny como torero y persona

“Aún estaba en proceso de recuperación de ese trauma psicológico, cuando mi papá nos dice un día: ‘Si le echan bol… los llevo a la escuela taurina en San Cristóbal’. Más que una escuela, era un grupo de instructores que podían ayudarnos a aprender lo necesario para hacer de esto una carrera, y ser exitosos”, indicó ‘El Marabino’.

Era una oportunidad para sentar las bases.

Las travesuras y aventuras entre hermanos seguirían, siempre con un sueño en común: los toros.

“Un tiempo después de recibir ese incentivo de nuestro padre, mi hermano Joan y yo nos fuimos colados a una fiesta en la plaza de Toros de Maracaibo. Había comida, bebidas, ¡Eso era impresionante, matador! Pero nosotros en lo único que pensábamos era en los toros. Allí en la reunión social había unas vaquillas. Yo agarré una muleta y salí de un burladero, e inocentemente le pegué unos cuatro o cinco muletazos a uno de los animales. Muchacho, ¡Hasta apoderados me salieron ese día!”, manifestó Curro Ortega.

Un día, en el Hotel el Paseo, en una entrega del Rosario de Oro, su papá se topó con Hugo Molina. Le dijo: ‘Mis hijos quieren ser toreros’, a lo que él respondió con una invitación a su finca en Rubio, estado Táchira.

“Nunca se me olvida la impresión el día en que llegamos. Nos dieron de todo: un jean, unas gomas, comida y hasta una cantimplora”, apuntó.

Tentó allí con José Antonio Valencia, una figura entre los toreros venezolanos.

“Allí comenzamos Joan y yo a tentar. Él fue primero y lo hizo muy bien, lo cual me presionó. Luego llegó mi turno: cinco derechazos con la primera vaca, y en el resto me lucí. Seguíamos impresionando”, subrayó.

Allí, el “Curro” detuvo su narrativa para ofrecer una reflexión.
“Hoy en día, yo veo muchachos en el tentadero y me da tristeza, mucha tristeza, porque el camino que hay que recorrer para ser torero y formarse correctamente es muy duro. Gracias a Dios, yo nunca pasé necesidades de ningún tipo, ni nos explotaron en las ganaderías como a muchos les pasa”, destacó.

“Este va a funcionar”


En 1992, hubo un festival cómico taurino, llamado El Bombero Torero. “Tuve una faena extraordinaria, y allí fue cuando la gente dijo: ‘Éste va a funcionar’”, expresó Zambrano.

Curro Ortega en plena faena
En 1993 fue su debut con caballos. Era una novillada, algo así como una eliminatoria: comenzaron 32, luego quedaron 6 y finalmente: los dos hermanos.

Manolo Fuentes salió, le pegó dos tandas y le dejó el animal todo para Curro, para que finalizara el trabajo. Lo hizo. “Me dijeron: ‘estás puesto para una novillada, con los mejores 5 toreros del país’. Imagínate mi alegría”, soltó.

“Allí vestí mi primer traje de luces propio, que me lo regaló Óscar Belloso Chacín, y le dediqué el color verde por su tolda política. El de mi hermano fue cortesía de Charles Hernández”, manifestó.

No obstante, su hermano Joan descubriría otros caminos y se alejaría del ruedo.

El camino hacia España

En enero de 1995, Ortega conoció a un muchacho, Francisco Navarrete, recomendado por Enrique Ponce. “Fue importante en mi vida y en mi carrera. Lo asignaron a la casa de Hugo porque venía a estudiar la inseminación artificial. Yo le cocinaba, le planchaba. Hugo me decía, ‘pórtate bien con ese muchacho, que es el que te puede llevar a España’. Nos hicimos amigos”, recordó.

En ese año quedó una vez más triunfador en la novillada con picadores en San Cristóbal, como había pasado en 1994. “El muchacho me dijo: ‘Mi papá quiere llevarte a España, pero vamos a ver’”, explicó el hijo de Críspulo y Mery.

Un tiempo después, en el estado Mérida, un toro se lesionó y ese día no pudo salir al ruedo, pero resulta que no estaba lesionado, sino acalambrado… Y al día siguiente, sin afición pero con todos los ojos de la gente taurina sobre él, le dieron la oportunidad al “Marabino” de lidiarlo. “Volví a impresionarlos, y el chamo llamó a su papá, y le contó”, rememoró.

Su última novillada y las puertas de las “Grandes Ligas”


Una buena memoria caracteriza a Johnny Zambrano.
“Aún recuerdo mi despedida de novillero, en enero del 97 en San Cristóbal, con Cristina Sánchez y Leonardo Coronado. Era el debut de ella, y no pudo matar al toro”, dijo a Noticia al Día.

Galardones y reconocimientos adornan la pared de su cuarto

“Mi segundo astado era un toro bravo y noble. Esa era mi oportunidad para ponerme en el mapa, y la aproveché: corté dos orejas”, señaló. “Ya estaba hecho”.

Allí le llamaron, y le llevaron a España, donde le dicen que va a torear de todo.

“Cuanto todo viene a tu favor, nada te va a detener en tu camino al éxito”, expresó.

“La primera tarde fue en Pozuelos, con un burel de 500 kilos. Ya en julio tenía unas 25 novilladas”.

“Compartí con Enrique Ponce, llegamos a entrenar juntos y me enseñó mucho”, indicó, acordándose de sus primeros días en la Madre Patria.

En su amplia experiencia como torero, Curro Ortega lidió a los más temidos: los Miura.

“El 3 de septiembre fue mi primera vez lidiando toros Miura, los más bravos que existen. Allí me fueron a ver hasta de la embajada de Venezuela en España. Fue en Cuéllar, Segovia”, expuso.
“Estuve bien, de categoría, y entrando a matar, fallé. No obstante, se cocinaba algo bueno por acá, por mi tierra”, destacó.

La alternativa, el éxito y la gloria

Ortega no tenía idea de lo que se le avecinaba en su carrera. Con 18 años, todo llegaba muy rápido.


“Yo no sabía nada, pero ya para los meses previos a la Feria estaban cocinando en Maracaibo la idea de concederme la alternativa en el cartel de la Feria de la Chinita. En mi última corrida ese año (1997) en Úbeda, España, corté cuatro orejas: si no estaban convencidos, eso lo hizo”, contó.

El padrino fue Javier Vásquez, y la testigo Cristina Sánchez. Ese 15 de noviembre se hizo historia en Maracaibo: Curro Ortega “El Marabino”, el torero del patio, se llevó el Rosario de Oro.

Zambrano muestra un cuaderno de su infancia, lleno de firmas y dibujos alusivos a las corridas.

“Fue una alegría enorme para mí, pero con sólo 18 años de edad, era muy inocente y no sabía el nivel en el que me iba a meter”, reconoció.

Dijo Zambrano que “ese Rosario me ha dado todo lo que tengo, es un trofeo que me gané con esfuerzo. Si no lo hubiera logrado, ¿Quién sabe? Quizá estuviera ahora taxiando y con 10 hijos, buscando el sustento.

A partir de allí, el camino de Curro Ortega lo llevó de nuevo a España, donde en esta ocasión las cosas no se le dieron como quisiera. De allí fue a México y luego, por razones personales, se radicó en Estados Unidos para casarse y buscar una carrera como piloto de aviones.

Recorrió “Curro” Europa con la que sería su primera esposa. “Ella dijo ‘vamos a San Diego a casarnos’, y así fue como entré a Estados Unidos. Allí busqué una carrera como piloto, mi otra pasión, y hoy puedo decir que la logré”, indicó “El Marabino”.

“Curro, ¡Hay toros en el norte!”


Johnny Zambrano se divorció en 2008. En medio de la tristeza por lo sucedido, un amigo le dijo: ‘Curro, hay toros aquí en el norte’. No lo podía creer.

“Las plazas y las ganaderías son impresionantes. Llamaron al empresario Joe Martin y, otras tantas conversaciones telefónicas después, me dijeron ‘ya estás contratado para dos corridas en San Francisco’. Me fue muy bien, los toros son un poco más pequeños, por el rango de los 440 kilogramos. Las fiestas las organiza la misma comunidad, que paga para ver el espectáculo y para que se pueda organizar solo”, informó Ortega.

“A partir de allí, me ha ido muy bien tentando ganado, lidiando toros en Estados Unidos , como piloto comercial y chef. Mi vida ha tomado tranquilidad”, apunta el hijo de Cuatricentenario.

Las cornadas: vil recordatorio del peligro del torero
Sufrió “El Marabino” unas cuatro cornadas en su carrera, pero la más grave (en su tierra) le atravesó el glúteo y lo dejó inhabilitado por un tiempo. Aunque no muy largo, ya que al mes ya estaba toreando de nuevo.

“Desde ese día juré que no vería más una corrida de Johnny”, dijo su madre, la señora Mery. “Es muy difícil”.
Johnny Zambrano: el niño, el hijo, la persona

Johnny Richard tuvo, según lo cuentan él mismo y sus padres, una infancia normal, feliz, con juguetes y atención.
“Acá en Cuatricentenario jugábamos todo el tiempo: palitos, trompo, metras, lo que fuera. Siempre he sido muy ‘amiguero’, no he cambiado, porque no quiero que me vean como un Dios. Sólo soy una persona normal”, afirma.
Un par de maestras recuerda Zambrano con gran cariño.

“Antes iba a la escuela a visitar a mis maestros, pero a una que recuerdo con mucho cariño es a Maritza Herrera, a la cual quiero mucho y a ella a mí. Yo no era muy buen estudiante en la primaria, y recuerdo que ella me decía: ‘Zambrano, si me pasáis matemática, te paso el año’”, recordó entre risas.

“Me tuve que ir a una escuelita por aquí por la casa, donde Anita Mavárez me ayudó con la bendita matemática y pasé”, asegura.

A muy temprana edad, ya él y su familia comenzaban a tener pistas de su vocación.

“Mi pasión por los toros se desarrolló desde niño. Recuerdo que un amigo nuestro por acá, ‘Pavarotti’, me dibujaba toros y toreros en mis cuadernos del colegio para que yo los coloreara. No tenía casi apuntes: casi todo era relacionado al mundo taurino”, rememora.

Críspulo Zambrano: torero de pueblo le pasa el testigo a su descendencia

El papá de Johnny, el señor Críspulo, se hincha de orgullo al hablar de la trayectoria de su hijo.

“Estoy muy orgulloso de Johnny, porque es un triunfador. Esta carrera ha sido bastante dura porque han tratado de eliminar las corridas y echar a perder la fiesta”, dice.

El señor Críspulo hacía siempre lo posible por garantizarle a su hijo todas las oportunidades para salir adelante en el planeta taurino.

“Muchos muchachos que estaban en el mundo del toro me decían, ‘Ojalá yo tuviera un padre como el tuyo, que me acompañara a las novilladas y ganaderías e hiciera todo por su hijo’”, comentó el mayor de los Zambrano.

Johnny insistía, dormía con la muleta y el capote de almohada, preguntaba mucho y tenía chispa. Y con eso, más la ayuda de su padre, logró hacerse un nombre.
Mery de Zambrano: la lidia de criar un futuro torero

Fue muy duro criar a un niño torero, cuenta la señora Mery, madre de Johnny. Se ríe. Recuerda.

“Todo lo que escribía eran toros. No me quería estudiar”, se quejaba y reía, al mismo tiempo.

Pero como todo matador que busque carrera en el ruedo, los viajes se volvieron una constante para Johnny. Apenas a los 14 años se fue a vivir a San Cristóbal, y un par de años después, a España.
“Cuando se fue a España por dos años, algo dentro de mí se fue, y aún no lo he podido recuperar”, dijo la señora Mery con lágrimas en sus ojos.

Sacrificio, viajes, decepciones, glorias. Estabilidad, abismos, períodos de incertidumbre y de tranquilidad. Todo, según él mismo lo acepta, lo ha vivido Johnny Zambrano, o Curro Ortega “El Marabino”: el único zuliano ganador del Rosario de Oro de la Feria.

Fuente: Andrés Chávez / @andres_chavez13/ Noticia al Día
Fotos: Luis Molero



Orejas de Recuerdo




Más reconocimientos.



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